jueves, 13 de enero de 2011

Lo que trae 2011 al mundo de los medios

Comenzamos una década que, estoy seguro, será decisiva en cuanto al futuro de los medios de comunicación. Con Internet ya consolidado definitivamente como soporte informativo, con el ADSL como servicio básico en buena parte de los hogares; con tecnologías inalámbricas que ya forman parte de la vida cotidiana de millones de personas en todo el mundo –wifi y bluetooth fundamentalmente-; con la tecnología necesaria para que los dispositivos móviles estén conectados permanentemente a la red y ofrecer vídeo, audio o web; con las tabletas inundando ya el mercado a precios cada vez más asequibles; con la televisión conectada a Internet en un único aparato…

Con todos estos mimbres se ha de tejer el panorama mediático del futuro y quien no sea capaz de adaptarse a ellos en estos próximos años –tiempo hay más que de sobra para hacerlo-, no sobrevivirá.

En este sentido, la pasada semana Mashable, uno de los blogs más prestigiosos del mundo entre los dedicados a las noticias tecnológicas y relacionadas con el mundo web, establecía un decálogo con las 10 predicciones para el sector de los medios de cara a 2011, entre las que destacan: filtraciones y periodismo, un nuevo tipo de medio de comunicación –a raíz del fenómeno Wikileaks-; un aumento de las fusiones y adquisiciones de compañías del sector; el nacimiento de medios sólo para tabletas y soportes móviles; el consumo de noticias basado en la geolocalización –en relación con redes sociales como Foursquare o Gowalla- a través del móvil o cualquier dispositivo con GPS o conectado a la red; la lucha entre las redes sociales y los buscadores como medio de acceso a las noticias –Google manda actualmente, pero el crecimiento de Twitter y Facebook en este sentido es imparable-; la “muerte” del corresponsal extranjero, debido a la crisis y al auge del periodismo ciudadano; la adopción por parte de los medios de una estrategia en cuanto a las redes sociales, como herramienta fundamental de trabajo y de comunicarse con sus lectores; y la implantación de la televisión interactiva, es decir, la televisión conectada a Internet.

En cualquier caso, estamos hablando de perspectivas y de posibilidades tecnológicas. Sin embargo, tal y como ocurre con los medios digitales, para asegurar su puesta en marcha hace falta aún encontrar el modelo de negocio que las haga rentables. Porque otro de los retos de esta nueva década –quizás el más grande por cuanto ha de vencer la mayor barrera- será el cobro por contenidos.

Parece evidente que el “gratis total” tiene los días contados. O eso, o los medios no podrán sobrevivir sin ingresos.

sábado, 8 de enero de 2011

Periodistas 2.0 vs. vieja guardia, ¿incompatibles o complementarios?

Si bien es cierto que a los periodistas sólo se les puede dividir entre buenos y malos, es decir, aquéllos que hacen bien su trabajo y quienes no quieren, no pueden o no saben hacerlo, no lo es menos que observo muchas diferencias entre unos y otros en función de la edad, especialmente entre los más jóvenes, es decir, los menores de 30 años, y los que sobrepasan el medio siglo. En medio se situaría un tercer grupo a medio camino entre el periodismo digital y la vieja guardia, algo así como una generación de transición que, sin ser nativos digitales, se adaptan como pueden a los nuevos tiempos.
Es curioso observar cómo los de más edad adoptan distintas posturas ante las nuevas herramientas que la tecnología ha puesto en sus manos y que van, desde el desprecio más absoluto, hasta el encomiable intento de no quedarse atrás, pasando por quienes, aun reconociendo su utilidad, no se sienten con ánimo ni fuerzas suficientes como para cambiar de hábitos.
En el extremo contrario están las nuevas generaciones de periodistas; son menores de 30 años, han crecido con Internet, están constantemente conectados a través de las redes sociales, no conciben su vida sin un teléfono móvil, no saben qué es vivir sin correo electrónico, miran el fax con una mezcla de sorpresa y desconocimiento y sólo conocen las máquinas de escribir de oídas. Sin embargo, todo eso no les hace mejores profesionales.
Como generación puente, es decir, lejos aún de la jubilación, pero con dos décadas de experiencia a la espalda, miro con frecuencia a ambos lados y compruebo lo lejos que están unos de otros, lo radicalmente distintos que son y lo seguros que están tanto unos como otros de tener toda la razón.
Por eso, ahora que gracias a las redes sociales son constantes los eventos organizados para hablar de esta maravillosa profesión –café&periodismo, BCN Medialab, Evento Blog España (EBE), el Laboratorio de Periodismo de la Asociación de la Prensa de Madrid…-, echo en falta alguno que aborde este salto generacional, esta distinta manera de ejercer el oficio, este especie de diferenciación entre el periodismo tradicional y el online.
Y considero que es necesario abordar este tema porque creo que es mucho lo que tienen que aprender unos de otros. Probablemente, nunca habían estado conviviendo y trabajando al mismo tiempo dos maneras tan distintas de trabajar. Así, frente a la vieja guardia que se siente en la calle como pez en el agua, que conoce en persona a todas sus fuentes, que hace valer sus contactos en cualquier situación, que odia la redacción y que ama ese aire bohemio y de libertad que siempre ha tenido este trabajo, se encuentran esos jóvenes profesionales nacidos en la década de los ochenta, que se manejan en la web sin problemas, que saben buscar un dato en Internet en cuestión de segundos, que se enteran a través de Twitter de qué se está cociendo, antes de que ninguna agencia lance un teletipo…
¿Por qué renunciar a lo mejor de ambos mundos?, ¿por qué no tratar de combinar ambas formas de hacer periodismo? No podemos permitirnos el lujo de desaprovechar el talento de una generación que muy pronto dejará de trabajar, igual que éstos no deberían perderse lo que la tecnología es capaz de hacer.
Para los más jóvenes, más calle y menos redacción; más hablar con las fuentes y menos nota de prensa y comunicado oficial; más informaciones propias y de primera mano y menos datos de wikipedia. Para los más talluditos, más humildad y menos soberbia; más capacidad de aprendizaje y menos cerrazón; más predisposición a aceptar las nuevas tecnologías y reconocer su aportación y menos desprecio por desconocimiento. Así, sin duda, la profesión y los lectores saldrán ganando.

martes, 4 de enero de 2011

El tamaño, en la Prensa, sí importa: sin suficientes medios técnicos y humanos no se puede hacer buen periodismo

Reconozco que la idea que Pedro J. Ramírez tiene del periodismo dista mucha de la mía, fundamentalmente por su abuso del no dejar que la realidad estropee un buen titular. Sin embargo, leyendo su Carta del Director del pasado domingo 2 de enero, me he sorprendido compartiendo gran parte de lo que dice en la última parte, aquella que dedica a hablar del fortalecimiento de la prensa de calidad "para servir a la verdad".

Más allá de que no creo en la verdad, pues hay tantas como personas, sí que asumo palabra por palabra algunas de sus afirmaciones: "En nuestro país sólo existen media docena de redacciones de otros tantos diarios con los suficientes efectivos, talento y determinación como para satisfacer el derecho a la información de los ciudadanos mediante una cobertura completa de la actualidad [...] Sin el oneroso despliegue permanente de esos diarios de referencia dentro y fuera de España, las tertulias de la radio y la televisión, así como la mayor parte de los foros digitales se convertirían en cáscaras vacías, condenadas al onanismo de comentar sus propios comentarios. [...] Pues bien, si no somos capaces de encontrar pronto un nuevo modelo de negocio en el sector, sólo nos quedará la opción de gestionar nuestra propia decadencia.[...] Tal y como se han dado cuenta los grandes quality papers mundiales, el futuro de la prensa pasa por el desarrollo multisoporte y el cobro por productos con alto valor añadido, distribuidos electrónicamente".

Evidentemente, el director de El Mundo no hace otra cosa que vender su Orbyt y tratar de convencernos de que su modelo es el mejor, pero, en cualquier caso, no deja de ser cierto que hay que tomar medidas y hay que hacerlo ya.
No creo en la muerte del papel, no al menos en un plazo corto de tiempo, pero sí que pienso que los diarios impresos que se hacen actualmente están caducos y aportan poco o nada a los lectores, tal y como está planteado.
Y, evidentemente, para hacer un producto digno, para aportar ese valor añadido, la gratuidad no es el camino. No quiere decir esto que algunos contenidos no puedan ser gratuitos, pero aportar algo de calidad no es barato. Si requerimos la opinión o el análisis especializado de un experto, ¿acaso le van a pagar los lectores con aportaciones voluntarias? Está claro que no.

Creo en la convivencia de medios y de soportes. Estoy seguro de que hay sitio para los diarios gratuitos y para los de pago, para las web de noticias nativas y para las versiones online de los periódicos de papel. Del mismo modo que la televisión generalista no es obstáculo para que existan temáticas de pago o que el cine no impide que se puedan ver películas en televisión gratuitamente, también creo que el pago online por disfrutar de determinados contenidos no impide que existan otras gratuitas. Sin embargo, también considero que una pequeña redacción con un par de periodistas en plantilla y un puñado de colaboradores y columnistas no puede ofrecer lo mismo que la versión online de un diario grande en papel. Y ni lo puede ofrecer ni podrá, porque para investigar, para interpretar, para aportar ese valor añadido, hace falta un buen equipo humano que un gratuito en internet, financiado sólo con ingresos publicitarios, no puede sostener.


lunes, 3 de enero de 2011

Piratería, picaresca, Ley Sinde o ¿de qué coño vive un creador si nadie paga por su trabajo?

Asisto asombrado estos días, aunque es un debate que viene de años atrás, a la polémica sobre la "Ley Sinde" y la batalla entre los partidarios de la mano dura contra los piratas y los defensores del "todo gratis". Y reconozco, no sin miedo a ser descalificado, que soy de los que están a favor de las sanciones, de los que defienden que los creadores deben cobrar por su trabajo y de los que creen que la piratería no nos lleva más que a un empobrecimiento cultural.
Pero una de las cosas que más me sorprende es el gran número de periodistas que se manifiestan en contra de la "Ley Sinde" y que abogan poco menos que por el todo vale. Sé que en este tema cualquier postura maximalista es mala y que el descargarse una película o un disco de vez en cuando no hace daño a nadie. Pero esos de vez en cuando, multiplicados por cientos de miles o millones, son los que hacen que el negocio de la cultura se venga abajo.
Porque en el fondo, lo que me molesta es que los "piratas", por simplificar la denominación, no tienen más argumentos que el hecho de que es mejor no pagar que pagar. Así de sencillo. Y eso se puede disfrazar de filosofía, se puede adornar con frases "antisistema", se puede decorar con grandilocuentes sentencias contra las grandes discográficas, Hollywood o quien sea. Pero, de verdad de verdad, lo único que quieren es disfrutar gratis del trabajo creativo de otras personas, en lugar de pagar por ello.
En realidad se piratea igual que se aparca en doble fila o encima de la acera, es decir, porque es más cómodo eso que buscar un sitio para aparcar "legalmente", aunque puteemos a otra persona o impidamos el paso a los peatones. "Si es sólo un momentito" suelen decir. No nos engañemos, se trata de una filosofía de vida: si a mi me va bien, a los demás que les zurzan.
Vamos a ver. Si nadie va al cine a ver una película, nadie paga por un disco o por un DVD, nadie compra un libro o todo el mundo lee el periódico por Internet, ¿cómo se sustenta el negocio? A mí, que me lo expliquen. ¿De qué coño vive un creador si nadie paga por su trabajo? Si a mi periódico nadie le paga por leer mis artículos, ¿por qué habría de pagarme? Yo no puedo ir leyendo mis informaciones a domicilio a cambio de la voluntad. Mi única forma de ganarme la vida es que alguien esté dispuesto a pagar por mi creación. Así de sencillo.
Que todo es mejorable, por supuesto. Que el canon digital es un robo, pues seguramente. Pero que hemos convertido la piratería en algo cotidiano, también. Que la gente se baja más películas de las que nunca podrá ver, también. Que no estamos dispuestos a pagar ni unos céntimos por una canción si hay un modo de conseguirla gratis, también.
Esto tiene un nombre: más que piratería, yo le llamaría picaresca, la típica picaresca española. Somos un país de irresponsables, de cortoplacistas, de darnos igual las consecuencias de nuestros actos siempre que satisfagamos nuestros deseos.
Y lo peor es que estamos creando una generación acostumbrada al todo gratis, aunque, eso sí, dispuesta a pagar 8 o 10 euros por una copa o tres o cuatro euros diarios por un paquete de tabaco. Pero eso sí, pagar por un periódico 1,20 euros, un producto que tiene detrás el trabajo de centenares de personas, nos parece caro. No entiendo absolutamente nada.

domingo, 19 de diciembre de 2010

El periodismo, sus horarios y la imposible conciliación familiar o cómo arruinar tu vida

En mayor o menor medida, todos en esta profesión estamos por devoción y no por obligación. La mayoría de nosotros amamos esto del periodismo. Sin embargo, aquéllos que trabajamos en medios de comunicación, ya sea prensa escrita, radio o, en menor medida, televisión, tenemos bastante difícil llevar una vida medianamente normal. Vale que no somos funcionarios, que no pretendemos trabajar de ocho a tres de la tarde, ni fichar... Pero eso no quita para que algunos, al menos los que tenemos familia, hijos y esas cosas, sí echemos de menos algo de normalidad, entendiendo como tal poder llegar a casa antes de que estén acostados, disfrutar con ellos los fines de semana y festivos o no estar pendiente todo el día del teléfono móvil "por si ocurre algo". A veces, cuando oigo que se trata de una de las profesiones con más índices de divorcio no me sorprende e, incluso, me extraña que no haya más.
Pero más allá de que es lo que hemos elegido y de que es difícil adaptar la actualidad a la vida familiar, no es menor cierto que en la mayoría de los medios que conozco los horarios se rigen por antiguas prácticas, por modelos caducos en los que la presencia física en las redacciones era necesaria. Hoy en día, muchas de las tareas se podrían hacer desde casa o desde el lugar en el que ocurre la noticia.
En los periódicos prima más el cuánto que el qué; importa más las horas que se está en la redacción que la productividad. ¿De verdad hace falta trabajar 10 ó 12 horas diarias para escribir tres o cuatro informaciones?, ¿realmente es necesario pasar todo el día en el periódico? Curiosamente, cada vez los medios tienen menos noticias de elaboración propia y más de agencias, de nota de prensa, de comunicado, de rueda de prensa, de nevera. ¿Es necesario para hacer un periodismo cada vez más de corta y pega estar todo el día haciendo acto de presencia?
Yo, sinceramente, creo que no. Y veo también que la gente, al menos aquella gente a la que nadie espera en casa y cuya vida fuera de la redacción se reduce a la mínima expresión, prefiere estar allí, perdiendo el tiempo muchas veces, antes que salir a la calle, aunque sólo sea en busca de noticias frescas. Sé de gente que entre las veces que sale a fumar, el tiempo que pasa junto a la máquina de café... Apenas trabaja de verdad más allá de cuatro o cinco horas.
Sé que en muchos casos es difícil, pero en otros el trabajo se podría hacer perfectamente desde casa, con un ordenador en red conectado al software del periódico.
Del mismo modo, teniendo en cuenta que los medios digitales funcionan las 24 horas al día todos los días del año, ¿para qué nos empeñamos muchas veces en los medios en papel en tratar de meterlo todo en las páginas? ¿Acaso no nos damos cuenta de que por tarde que cerremos siempre habrá algo que se nos escape? Aunque cerremos a las tres de la mañana, lo que ocurra a las tres y un minuto no entrará.
Seamos conscientes de nuestras limitaciones y de la realidad cambiante. El papel debe asumir su nuevo papel interpretativo, de análisis de datos, de opinión, de explicación, y dejar de obsesionarnos por la información pura y dura, que para eso están ya los digitales o los boletines informativos de las radios y las televisiones. Salvo noticias puntuales como acontecimientos deportivos, reuniones de última hora... es absurdo cerrar a las tantas. En el resto de Europa la mayoría de los diarios en papel cierran sus ediciones mucho antes que en España y sin complejos.
Pero, reconozcámoslo, lo de estar en el trabajo muchas horas no ocurre sólo con los periodistas en este país, sino que es habitual el estar. Eso sí, luego tenemos los índices de productividad que tenemos.
Y es que, nos llenamos la boca con reportajes sobre la conciliación familiar pero no somos capaces de aplicar eso mismo a nuestras vidas. Y así nos va.

jueves, 16 de diciembre de 2010

La reputación digital: por qué y para qué

Ahora que las empresas se han lanzado a la red en busca de imagen, de clientes o de negocio, uno de los factores quizás más a tener en cuenta es de la denominada reputación online o, lo que es lo mismo, el prestigio que una determinada marca o producto tiene entre la comunidad digital. De hecho, hay quien asegura que la gestión de la reputación online es el resultado de conjugar la imagen que tiene de sí misma una empresa, la que quiere proyectar y la percepción real que tiene su público como resultado. Habitualmente, esto era algo que dependía de la propia compañía; sin embargo, con Internet, y muy especialmente con la llegada de la web 2.0, dicho prestigio está en manos de los blogueros, de las redes sociales, de los foros… No hay que olvidar, por ejemplo, que la segunda fuente de más confianza a la hora de tomar decisiones de compra en España –tras el consejo de familiares y amigos- son las opiniones en Internet. Por eso es muy importante para cualquier empresa tratar de gestionar el conocimiento, seguimiento y control de toda la información que le afecta, pues la mayor campaña de publicidad o la más cuantiosa operación de marketing pueden verse arruinadas por la mala crítica de un bloguero, las opiniones adversas de los usuarios en las redes sociales o cualquier otra iniciativa surgida para desprestigiarla.

Es el caso, por poner un ejemplo, del daño que sufrió la reputación online de Nestle, a causa de la acusación por parte de Greenpeace de que utilizan aceite de palma para la elaboración de su conocido “Kit kat”. La tala masiva de árboles de las selvas donde habita el orangután llevó a esta ONG a lanzar a través de la red varios vídeos de gran dureza que censuraban estas prácticas. Éstos comenzaron a circular a través de las principales redes sociales y no tardó en ser visto por cientos de miles de personas. Pero la mala imagen se vio empeorada por la respuesta de la compañía suiza, que se enfrentó a la comunidad online y trató de censurar los comentarios críticos en Facebook.

Este tipo de fallos son los que un community manager, es decir el profesional que debe velar por la reputación online y por mantener una relación fluida con los internautas, no debe cometer. Al fin y al cabo, esta labor no deja de ser una tarea más de un departamento de comunicación, razón por la cual este puesto lo suelen ocupar periodistas o personas venidas del mundo del marketing.

Porque, en el fondo, más allá del manejo de herramientas y de saber moverse como pez en el agua por las redes sociales, lo importante es ser capaz de ir por delante de las posibles críticas; intentar crear una buena identidad digital, que sea percibida de forma positiva por los internautas; saber neutralizar las opiniones negativas pero sin perder nunca el respeto a los autores; tratar de ganarse a los blogueros más influyentes y a los gurús que más seguidores tienen en las redes…

Sin embargo, no todas las empresas cuentan actualmente con este puesto por lo que, en muchos casos, no son capaces de reaccionar a tiempo cuando se encuentran con una campaña negativa en Internet o con malas opiniones. Como aseguraba recientemente José Antonio Gallego, presidente de la Asociación Española de Responsables de Comunicación Online (AERCO), a un diario, "el problema es que muchas compañías confunden la figura del community manager con la de un comercial que llena de mensajes los foros".

Con todo, también hay quien cree que lo importante es que se hable de uno, aunque sea mal.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Wikichascarrillos. Una reflexión sobre lo periodístico de las filtraciones y la sobrevaloración de la verdad

Tim Berners-Lee, considerado uno de los padres de la web, aseguraba recientemente en una conferencia que “el futuro del periodismo pasar por el análisis de los datos”. Sus declaraciones, recogidas por el diario británico “The Guardian”, abundan en el hecho de que, hoy en día, no vale con redactar noticias, con escribir sobre lo que ocurre, sino que hay usar los datos, trabajar sobre ellos, analizarlos. “Antes –asegura- se podían conseguir buenas historias charlando con la gente en un bar, pero eso, aunque aún puede ocurrir a veces, es cada vez más improbable, por lo que los periodistas necesitan equiparse con las herramientas necesarias para discernir lo que es importante de lo que no lo es, para mantener la perspectiva, encajar las piezas y ser capaces de explicar a la gente qué esta ocurriendo”.

En esta línea de pensamiento cabe mencionar la creación, por parte de la City University de Londres, de un master en Periodismo Interactivo, que aborda los cambios que afronta la profesión y los medios de comunicación, uno de cuyos ejes es lo que denominan Data Journalism o, lo que es lo mismo, “sourcing, reporting and presenting stories through data-driven journalism and visualising and presenting data”. Es decir, crear informaciones a partir de los datos.

Y digo todo esto a modo de introducción, porque durante las dos últimas semanas no hemos oído hablar de otra cosa –con permiso de los controladores- que no sean las filtraciones diplomáticas de Wikileaks, es decir, dar a conocer cientos de miles de cables enviados por los embajadores estadounidenses de medio mundo a su país. La web de Julian Assange –ahora prácticamente clandestina- pasó a un puñado de periódicos, entre ellos “El País”, toda la información para que éstos la hicieran pública. Desde entonces, cual folletín, viene siendo desgranada a diario más en función de aumentar las ventas –o de generar expectación al menos- que del interés periodístico.

Han sido muchos los que se han lanzado a decir que estos documentos suponen un antes y un después de las relaciones diplomáticas mundiales, que ponen en entredicho el papel de los periodistas y de los medios tradicionales… Pues bien, 12 días después de que empezasen a publicarse las filtraciones, no tengo yo la sensación de que las cosas hayan cambiado tanto. Y es que, en mi humilde opinión, estas revelaciones no hacen sino confirmar lo que todo el mundo pensaba. Nada nuevo bajo el sol. ¿O acaso alguien pensaba que los embajadores sólo se limitaban a obsequiar ferrerosrocher a sus invitados? Pues hacen lo que se supone que tienen que hacer: informar, influir, mediar, presionar si es necesario…

No resto valor a la exclusiva ni quito importancia a lo que se ha sabido –en lo que se refiere a España, especialmente lo relacionado con el caso Couso-, pero sí que considero que en la parte que me toca, es decir, en la periodística, le veo más merito a separar el trigo de la paja que al hecho en sí de su publicación pues, si alguien se las hizo llegar a Assange por propia voluntad, y éste a su vez se las ha pasado a los periódicos, ¿dónde está la labor periodística?, ¿dónde el análisis de los datos? Porque yo aquí veo más una selección que una interpretación. Se ha sido bastante poco selectivo y, en muchos casos, temerario, pues quizás se esté poniendo en peligro la vida de determinadas personas.

Quizás, y en esto habrá mucha gente que no coincida conmigo, la verdad esté sobrevalorada, especialmente cuando nos movemos sobre una estructura basada en los convencionalismos, la corrección política y la hipocresía. Y es que, si de repente todo el mundo supiese lo que decimos los unos de los otros, nuestro sistema de relaciones, de amistades, de familia, de trabajo, se rompería en mil pedazos. Y, además, ¿dónde está escrito que lo que se dice es más cierto que lo que no se dice, que lo que se cuenta es menos falto que lo que se piensa y no se expresa en voz alta? Muchas veces decimos lo que los demás esperan oír y no lo que realmente opinamos, así que sacar de una conversación privada una frase dándola como verdad absoluta es, cuanto menos, parcial.