domingo, 19 de diciembre de 2010

El periodismo, sus horarios y la imposible conciliación familiar o cómo arruinar tu vida

En mayor o menor medida, todos en esta profesión estamos por devoción y no por obligación. La mayoría de nosotros amamos esto del periodismo. Sin embargo, aquéllos que trabajamos en medios de comunicación, ya sea prensa escrita, radio o, en menor medida, televisión, tenemos bastante difícil llevar una vida medianamente normal. Vale que no somos funcionarios, que no pretendemos trabajar de ocho a tres de la tarde, ni fichar... Pero eso no quita para que algunos, al menos los que tenemos familia, hijos y esas cosas, sí echemos de menos algo de normalidad, entendiendo como tal poder llegar a casa antes de que estén acostados, disfrutar con ellos los fines de semana y festivos o no estar pendiente todo el día del teléfono móvil "por si ocurre algo". A veces, cuando oigo que se trata de una de las profesiones con más índices de divorcio no me sorprende e, incluso, me extraña que no haya más.
Pero más allá de que es lo que hemos elegido y de que es difícil adaptar la actualidad a la vida familiar, no es menor cierto que en la mayoría de los medios que conozco los horarios se rigen por antiguas prácticas, por modelos caducos en los que la presencia física en las redacciones era necesaria. Hoy en día, muchas de las tareas se podrían hacer desde casa o desde el lugar en el que ocurre la noticia.
En los periódicos prima más el cuánto que el qué; importa más las horas que se está en la redacción que la productividad. ¿De verdad hace falta trabajar 10 ó 12 horas diarias para escribir tres o cuatro informaciones?, ¿realmente es necesario pasar todo el día en el periódico? Curiosamente, cada vez los medios tienen menos noticias de elaboración propia y más de agencias, de nota de prensa, de comunicado, de rueda de prensa, de nevera. ¿Es necesario para hacer un periodismo cada vez más de corta y pega estar todo el día haciendo acto de presencia?
Yo, sinceramente, creo que no. Y veo también que la gente, al menos aquella gente a la que nadie espera en casa y cuya vida fuera de la redacción se reduce a la mínima expresión, prefiere estar allí, perdiendo el tiempo muchas veces, antes que salir a la calle, aunque sólo sea en busca de noticias frescas. Sé de gente que entre las veces que sale a fumar, el tiempo que pasa junto a la máquina de café... Apenas trabaja de verdad más allá de cuatro o cinco horas.
Sé que en muchos casos es difícil, pero en otros el trabajo se podría hacer perfectamente desde casa, con un ordenador en red conectado al software del periódico.
Del mismo modo, teniendo en cuenta que los medios digitales funcionan las 24 horas al día todos los días del año, ¿para qué nos empeñamos muchas veces en los medios en papel en tratar de meterlo todo en las páginas? ¿Acaso no nos damos cuenta de que por tarde que cerremos siempre habrá algo que se nos escape? Aunque cerremos a las tres de la mañana, lo que ocurra a las tres y un minuto no entrará.
Seamos conscientes de nuestras limitaciones y de la realidad cambiante. El papel debe asumir su nuevo papel interpretativo, de análisis de datos, de opinión, de explicación, y dejar de obsesionarnos por la información pura y dura, que para eso están ya los digitales o los boletines informativos de las radios y las televisiones. Salvo noticias puntuales como acontecimientos deportivos, reuniones de última hora... es absurdo cerrar a las tantas. En el resto de Europa la mayoría de los diarios en papel cierran sus ediciones mucho antes que en España y sin complejos.
Pero, reconozcámoslo, lo de estar en el trabajo muchas horas no ocurre sólo con los periodistas en este país, sino que es habitual el estar. Eso sí, luego tenemos los índices de productividad que tenemos.
Y es que, nos llenamos la boca con reportajes sobre la conciliación familiar pero no somos capaces de aplicar eso mismo a nuestras vidas. Y así nos va.

jueves, 16 de diciembre de 2010

La reputación digital: por qué y para qué

Ahora que las empresas se han lanzado a la red en busca de imagen, de clientes o de negocio, uno de los factores quizás más a tener en cuenta es de la denominada reputación online o, lo que es lo mismo, el prestigio que una determinada marca o producto tiene entre la comunidad digital. De hecho, hay quien asegura que la gestión de la reputación online es el resultado de conjugar la imagen que tiene de sí misma una empresa, la que quiere proyectar y la percepción real que tiene su público como resultado. Habitualmente, esto era algo que dependía de la propia compañía; sin embargo, con Internet, y muy especialmente con la llegada de la web 2.0, dicho prestigio está en manos de los blogueros, de las redes sociales, de los foros… No hay que olvidar, por ejemplo, que la segunda fuente de más confianza a la hora de tomar decisiones de compra en España –tras el consejo de familiares y amigos- son las opiniones en Internet. Por eso es muy importante para cualquier empresa tratar de gestionar el conocimiento, seguimiento y control de toda la información que le afecta, pues la mayor campaña de publicidad o la más cuantiosa operación de marketing pueden verse arruinadas por la mala crítica de un bloguero, las opiniones adversas de los usuarios en las redes sociales o cualquier otra iniciativa surgida para desprestigiarla.

Es el caso, por poner un ejemplo, del daño que sufrió la reputación online de Nestle, a causa de la acusación por parte de Greenpeace de que utilizan aceite de palma para la elaboración de su conocido “Kit kat”. La tala masiva de árboles de las selvas donde habita el orangután llevó a esta ONG a lanzar a través de la red varios vídeos de gran dureza que censuraban estas prácticas. Éstos comenzaron a circular a través de las principales redes sociales y no tardó en ser visto por cientos de miles de personas. Pero la mala imagen se vio empeorada por la respuesta de la compañía suiza, que se enfrentó a la comunidad online y trató de censurar los comentarios críticos en Facebook.

Este tipo de fallos son los que un community manager, es decir el profesional que debe velar por la reputación online y por mantener una relación fluida con los internautas, no debe cometer. Al fin y al cabo, esta labor no deja de ser una tarea más de un departamento de comunicación, razón por la cual este puesto lo suelen ocupar periodistas o personas venidas del mundo del marketing.

Porque, en el fondo, más allá del manejo de herramientas y de saber moverse como pez en el agua por las redes sociales, lo importante es ser capaz de ir por delante de las posibles críticas; intentar crear una buena identidad digital, que sea percibida de forma positiva por los internautas; saber neutralizar las opiniones negativas pero sin perder nunca el respeto a los autores; tratar de ganarse a los blogueros más influyentes y a los gurús que más seguidores tienen en las redes…

Sin embargo, no todas las empresas cuentan actualmente con este puesto por lo que, en muchos casos, no son capaces de reaccionar a tiempo cuando se encuentran con una campaña negativa en Internet o con malas opiniones. Como aseguraba recientemente José Antonio Gallego, presidente de la Asociación Española de Responsables de Comunicación Online (AERCO), a un diario, "el problema es que muchas compañías confunden la figura del community manager con la de un comercial que llena de mensajes los foros".

Con todo, también hay quien cree que lo importante es que se hable de uno, aunque sea mal.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Wikichascarrillos. Una reflexión sobre lo periodístico de las filtraciones y la sobrevaloración de la verdad

Tim Berners-Lee, considerado uno de los padres de la web, aseguraba recientemente en una conferencia que “el futuro del periodismo pasar por el análisis de los datos”. Sus declaraciones, recogidas por el diario británico “The Guardian”, abundan en el hecho de que, hoy en día, no vale con redactar noticias, con escribir sobre lo que ocurre, sino que hay usar los datos, trabajar sobre ellos, analizarlos. “Antes –asegura- se podían conseguir buenas historias charlando con la gente en un bar, pero eso, aunque aún puede ocurrir a veces, es cada vez más improbable, por lo que los periodistas necesitan equiparse con las herramientas necesarias para discernir lo que es importante de lo que no lo es, para mantener la perspectiva, encajar las piezas y ser capaces de explicar a la gente qué esta ocurriendo”.

En esta línea de pensamiento cabe mencionar la creación, por parte de la City University de Londres, de un master en Periodismo Interactivo, que aborda los cambios que afronta la profesión y los medios de comunicación, uno de cuyos ejes es lo que denominan Data Journalism o, lo que es lo mismo, “sourcing, reporting and presenting stories through data-driven journalism and visualising and presenting data”. Es decir, crear informaciones a partir de los datos.

Y digo todo esto a modo de introducción, porque durante las dos últimas semanas no hemos oído hablar de otra cosa –con permiso de los controladores- que no sean las filtraciones diplomáticas de Wikileaks, es decir, dar a conocer cientos de miles de cables enviados por los embajadores estadounidenses de medio mundo a su país. La web de Julian Assange –ahora prácticamente clandestina- pasó a un puñado de periódicos, entre ellos “El País”, toda la información para que éstos la hicieran pública. Desde entonces, cual folletín, viene siendo desgranada a diario más en función de aumentar las ventas –o de generar expectación al menos- que del interés periodístico.

Han sido muchos los que se han lanzado a decir que estos documentos suponen un antes y un después de las relaciones diplomáticas mundiales, que ponen en entredicho el papel de los periodistas y de los medios tradicionales… Pues bien, 12 días después de que empezasen a publicarse las filtraciones, no tengo yo la sensación de que las cosas hayan cambiado tanto. Y es que, en mi humilde opinión, estas revelaciones no hacen sino confirmar lo que todo el mundo pensaba. Nada nuevo bajo el sol. ¿O acaso alguien pensaba que los embajadores sólo se limitaban a obsequiar ferrerosrocher a sus invitados? Pues hacen lo que se supone que tienen que hacer: informar, influir, mediar, presionar si es necesario…

No resto valor a la exclusiva ni quito importancia a lo que se ha sabido –en lo que se refiere a España, especialmente lo relacionado con el caso Couso-, pero sí que considero que en la parte que me toca, es decir, en la periodística, le veo más merito a separar el trigo de la paja que al hecho en sí de su publicación pues, si alguien se las hizo llegar a Assange por propia voluntad, y éste a su vez se las ha pasado a los periódicos, ¿dónde está la labor periodística?, ¿dónde el análisis de los datos? Porque yo aquí veo más una selección que una interpretación. Se ha sido bastante poco selectivo y, en muchos casos, temerario, pues quizás se esté poniendo en peligro la vida de determinadas personas.

Quizás, y en esto habrá mucha gente que no coincida conmigo, la verdad esté sobrevalorada, especialmente cuando nos movemos sobre una estructura basada en los convencionalismos, la corrección política y la hipocresía. Y es que, si de repente todo el mundo supiese lo que decimos los unos de los otros, nuestro sistema de relaciones, de amistades, de familia, de trabajo, se rompería en mil pedazos. Y, además, ¿dónde está escrito que lo que se dice es más cierto que lo que no se dice, que lo que se cuenta es menos falto que lo que se piensa y no se expresa en voz alta? Muchas veces decimos lo que los demás esperan oír y no lo que realmente opinamos, así que sacar de una conversación privada una frase dándola como verdad absoluta es, cuanto menos, parcial.

viernes, 26 de noviembre de 2010

La radio saca músculo en plena revolución tecnológica

Mientras la televisión trata de adaptarse a los nuevos tiempos, dando cabida en su pantalla a Internet para no perder a los televidentes más jóvenes, y la prensa se debate entre un presente difícil y un futuro marcado por la incertidumbre, la radio ha conseguido, no sólo capear el temporal que han supuesto la irrupción de las nuevas tecnologías de la información, sino incluso salir airosa, casi sin despeinar, poniendo de manifiesto que hay cosas, como la voz humana, que no admiten sucedáneos.

Basta mirar los datos del EGM de los últimos años para apreciar que la radio, excepción hecha de Internet, por supuesto, es el único soporte cuya penetración no sólo ha caído en los últimos años, sino que, incluso, ha aumentado hasta el 56,5% actual, con tres oleadas consecutivas subiendo. Está sólo por detrás de la televisión, que alcanza un 88,3% pero que sufre un descenso lento y continuado desde hace más de una década, y muy por encima de la publicidad exterior, los diarios, las revistas e, incluso, Internet.

Además, puede presumir de un perfil de oyentes más que apetecible para el mercado publicitario pues se sitúa principalmente entre las clases más altas –al contrario que la televisión- y en una franja de edad muy amplia pero entre la que destaca la de 25 a 34 años.

¿Cómo es posible que esta revolución tecnológica que todo lo ha trastocado apenas haya hecho mella en la radio? Evidentemente, se trata de un soporte cuya principal debilidad es también su mayor fortaleza: la simplicidad. Más allá de fórmulas más o menos novedosas, de grandes fichajes o de tertulianos, el éxito de la radio radica, al final, en algo tan sencillo como el valor de la voz humana, de la capacidad del conductor de un programa de transmitir, de conmover, de conectar con quien está al otro lado. Y esa magia, que se tiene o no se tiene, no puede ser sustituida por ningún adelante tecnológico. En este medio la fidelidad es muchas veces mayor a las personas o a los equipos que a las propias cadenas –y si no que se lo digan a la Cadena Ser, buena parte de cuya audiencia deportiva se ha marchado con Paco González y Pepe Domingo Castaño a la Cope- pero no es menos cierto que el “zapping” radiofónico es menor que en la televisión.

Otra de las ventajas de la radio es que su relación con la audiencia apenas ha variado desde su nacimiento. Es más, las nuevas tecnologías tan sólo le han supuesto ventajas, pues, al contrario de lo que pasa con los medios escritos o con la televisión, el hecho de que los oyentes escuchen su emisora favorita desde un soporte u otro no le resta audiencia, sino todo lo contrario. En el automóvil; desde el iPod, el reproductor de mp3 o un teléfono móvil mientras caminamos, hacemos footing o viajamos; en el ordenador a través de la red en casa o en el trabajo; en el transistor de toda la vida en el salón o la cocina mientras realizamos las tareas del hogar… cualquiera de estos aparatos nos permiten escuchar la radio del mismo modo, sin que cambie un ápice nuestra relación con el medio.

Y lo más curioso es que fueron muchos los que vaticinaron su desaparición cuando llegó la televisión. ¿Para qué escuchar sólo sonido cuando ahora hay imágenes? se preguntaban los gurús de los cincuenta. Algo muy similar a lo que se cuestionaron, apenas medio siglo antes, otros muchos sobre el teatro cuando hizo su aparición el cine. Es un entretenimiento condenado a morir, pensaban. Sin embargo, finiquitada la primera década del siglo XXI, la radio, al igual que le ocurre al teatro, ahí están, tan frescos como siempre, mientras la televisión y el cine sufren para adaptarse a los nuevos tiempos.

Y es que, ¿acaso hay algo más hermoso que la voz humana?

jueves, 18 de noviembre de 2010

Comunicación y nuevas profesiones, ¿es todo periodismo?

Hasta hace no mucho, tener una licenciatura en Periodismo, daba opción a trabajar en pocas cosas –casi a las mismas que no tenerla- relacionadas con esta profesión: más allá de ser periodista en algún medio de comunicación, formar parte de un gabinete de prensa, ser director de comunicación de una empresa –dircom- o convertirse en profesor, poco más se podía hacer para no engrosar las listas de desempleo.

Sin embargo, las nuevas tecnologías, las mismas que han provocado el cierre de infinidad de medios y han puesto de patitas en la calle a cientos de periodistas, nos han abierto las puertas a profesiones hasta ahora inimaginables. Al rebufo de las redes sociales y la presencia de las empresas en la red, el mercado ha “parido” nuevos oficios 2.0: community manager, responsable de identidad o de imagen corporativa, social media strategist, content manager, social media manager, watchman… profesiones que, en bastantes ocasiones, se sitúan a medio camino entre la comunicación y el márketing, dos sectores de fronteras difusas y muy permeables y que pueden ser desarrolladas por profesionales de ambos mundos.

Más allá del gusto del mundo del márketing y la publicidad por las expresiones en inglés, tras estos rimbombantes nombres no se esconde otra cosa que profesiones cuya principal función es ser responsable de las acciones de una empresa relacionadas con Internet, de la comunicación web, de los seguidores-amigos que una marca tenga en las redes sociales… En definitiva, ser el enlace entre dicha marca o empresa y su comunidad virtual.

Evidentemente, estas nuevas profesiones abren la puerta a los periodistas a algo que, de otra forma, nos estaba vedado: el autoempleo. A la sombra de la esta revolución tecnológica 2.0 han florecido cientos de agencias que prestan este tipo de servicios pues, a excepción de las grandes corporaciones y las instituciones, la mayoría de las pequeñas y medianas empresas han externalizado estas tareas de prensa y comunicación.

Basta darse una vuelta por Twitter, una de las redes sociales donde los periodistas son más activos, para ver los miles de profesionales que en su perfil se definen como: “periodista y community manager”; “periodista y social media”; “periodista y asesor de comunicación”; “periodista y emprendedor social”; “periodista 2.0”… Y esto no ha hecho más que empezar. Tal y como están las cosas, todo aquél que no en un breve plazo de tiempo no se considere a si mismo un periodista multimedia o 2.0, capaz de lidiar sin problemas con las nuevas tecnologías tendrá serios problemas para desenvolverse en esta profesión, salvo que esté próximo a la jubilación y prefiera remolonear hasta que llegue ese momento.

Sin embargo, cabe decir también que los estudios se deberán adaptar también a esta nueva realidad, porque no hay que olvidar que, cada vez de forma más clara, una cosa es ser un comunicador y otra ser un periodista y no digo yo que tengan que ser carreras universitarias distintas, pero sí al menos especializaciones diferentes porque poco o nada tienen que ver las labores que desarrolla alguien que realiza las labores de comunicación de una empresa con un periodista que trabaja en un medio de comunicación, sea en el mundo real, sea en el digital. Es más, cabría plantearse la propia definición del término periodista para los primeros porque una cosa es comunicar y otra informar, una cosa es ser la voz y la imagen de una marca y otra tratar de contar lo que ocurre de una forma lo más veraz e imparcial posible, aun a sabiendas de que la objetividad es una quimera.

Y dadas las circunstancias y las condiciones de unos profesionales y otros, quizás llegue un momento en que nadie quiera ser periodista y todos aspiren a ser comunicadores. Y si no al tiempo.

martes, 16 de noviembre de 2010

Las redes sociales, el auténtico foro para el debate del periodismo

Como periodista, si algo me fascina de las redes sociales es que se han convertido en un auténtico espacio de debate, de análisis y de autocrítica de esta profesión. De repente, parece que todo el mundo está interesado en hablar sobre este trabajo nuestro, en opinar, en abrir las puertas para que cualquier pueda exponer sus ideas libremente. Más allá de los actos puntuales que se puedan celebrar en el mundo real, casi siempre bajo el esquema de conferenciante que habla y público que escucha, aquí, en las redes sociales, y muy especialmente en Twitter, todos tenemos algo que decir, jóvenes y mayores, expertos o principiante, en paro o trabajando, en precario o acomodados, profesores o alumnos… Es maravilloso ver cómo, en contra de lo que pudiera parecer antes de que existiera este mundo paralelo digital, sí nos interesa hablar de periodismo, de hacia dónde va este trabajo, de si somos útiles o no, de si hay futuro para el papel o si todo se cocerá en Internet. Cualquier tema es susceptible de debate.

Y lo mejor de todo es que son, en la mayoría de las ocasiones, los más jóvenes quienes llevan las riendas de estos debates. Son las nuevas generaciones, los 2.0 los que han roto tabúes y se atreven con todo. Y los que nos demuestran a los no nativos digitales que vienen pisando fuerte, muy fuerte, y que están dispuestos a mover la silla a los culos gordos que las ocupan desde hace años.

Y es que los jóvenes periodistas –y los no tan jóvenes, reconozcámoslo también- están no sólo abriendo el camino, sino mostrándolo. Se mueven, se apuntan al carro de las nuevas profesiones, son capaces de recorrerse media España asistiendo a cualquier evento sobre el sector, organizan actos como esos mágicos #cafeperiodismo, #EBE, #BCN Medialab… Es decir, que nunca antes como ahora el relevo generacional ha pisado tan fuerte. Y lo peor de todo es que muchos de estos emprendedores llenos de ideas, de proyectos, de ganas… están en paro o en trabajos precarios. Y otros muchos han decidido montárselo por su cuenta arriesgando su tiempo y su dinero.

Y mientras tanto, en las redacciones de los grandes medios no hacemos más que criticar a los becarios que se dejan los cuernos por hacer el trabajo de un senior cobrando lo que yo ya cobraba hace casi dos décadas cuando empecé como becario. “Estos jóvenes no son como éramos nosotros, no le echan ganas, no tienen sangre” decimos. Y aunque habrá quien no la tenga, parece evidente que muchos de ellos están más preparados que nosotros, tienen más formación, han estudiado fuera, saben idiomas, se manejan a la perfección en el mundo digital, etc. Pero nosotros tenemos trabajo –por ahora- y ellos no.

Mientras estemos en manos de gente no ya que no sabe apenas encender un ordenador, sino que ve con suspicacia los medios digitales; que mira Internet como un enemigo, en lugar de como a un aliado imprescindible; que considera las redes sociales un juego, cuando no una pérdida de tiempo; que cree que se es mejor periodista por pasar 14 horas en la redacción de un periódico aunque la mitad de ellas se pasen de charleta con los compañeros fumando en la puerta… mientras todo esto siga ocurriendo cabe la posibilidad de que cuando las nuevas generaciones lleguen arriba, esta profesión esté tan mal que ya no tenga remedio.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Los contenidos digitales, un sector de futuro

Si hay un sector con futuro en España, ese es el de los contenidos digitales, a pesar de que la crisis también le pasó factura el pasado año, cayendo su facturación un 5,3% respecto de 2008, según el Informe de Contenidos Digitales de Asimelec 2010, que analiza los distintos segmentos que conforman esta industria, y que la patronal ha elaborado por tercer año consecutivo. Con todo, el volumen de negocio alcanzó los 20.591 millones de euros.

Según el citado informe, a excepción de los segmentos de consumo de distintos servicios por Internet, la taquilla de cine y la industria editorial, todos los demás sectores experimentan descensos. Caen especialmente los ingresos por suscripciones a televisión de pago (-2,6%), por ser la primera vez que lo hace en cinco años, al igual que el de la industria de los videojuegos en soporte físico, cuyos ingresos por ventas en España fueron de 638 millones de euros en 2009, un 14,2% menos respecto al año anterior.

Otro de los mercados que ha sentido la crisis es el de la música, una tónica que se viene repitiendo a lo largo de los últimos años. Así, los conciertos experimentaron un recorte del 8,4% en 2009; esto es especialmente significativo, habida cuenta que la música en directo era la única rama del negocio que había seguido creciendo pese al descenso de la compra de discos. Por contraste, en este mismo segmento, los smartphones –teléfonos móviles “inteligentes”- han crecido un 91,9% como dispositivos para oír música, provocando el derrumbe de los MP3 y MP4, que caen un 31,5% y un 24%, respectivamente.

Por su parte, la industria del libro y las redes sociales mantienen crecimientos. En el mercado editorial, el libro electrónico se consolida como complemento al negocio tradicional y puede que esta campaña navideña logre su espaldarazo definitivo como producto de masas. De ahí, el nacimiento de plataformas como Libranda o Enclave. A este respecto, y a falta de datos de 2009, en 2008 se inscribieron 12.514 ISBNs de libros en formato electrónico, un 55,2% más que en 2007.

Por último, cabe destacar la mala situación que atraviesa la prensa escrita. El informe indica que sufre una grave crisis, provocada por los insatisfactorios resultados del pago por acceso a contenidos a través de Internet y la todavía leve acogida de los servicios de distribución de prensa online en e-book. En lo que se refiere a los ingresos por venta de ejemplares, el descenso fue contenido, un 5,6%.

Y para analizar la situación del sector se celebra en Madrid a partir de mañana, día 16, y hasta el miércoles 18, la cuarta edición del Foro Internacional de Contenidos Digitales (Ficod), que se desarrollará en el Palacio Municipal de Congresos de Madrid. Organizado por el Ministerio de Industria, el certamen reunirá a más de 15.000 profesionales de todo el mundo, 120 empresas colaboradoras y 200 ponentes.

Durante estos tres días, el Foro se convertirá en la gran cita de los profesionales de la televisión, la publicidad, el cine, la música, los videojuegos, la animación, las publicaciones digitales, la formación online, el periodismo digital y la publicidad interactiva. Una cita imprescindible para todos los actores del mercado, que intercambiarán experiencias y estudiarán los nuevos desafíos de futuro.

En esta edición se analizará, entre otras cosas, la transición de los modelos tradicionales de negocio, basados en soportes físicos, hacia nuevos modelos basados en la distribución online. Así, estarán presentes muchos de los protagonistas de casos de éxito de empresas online, que han asumido el liderazgo del mercado con iniciativas disruptoras. Un ejemplo es el sector de los medios digitales, donde las inversiones crecieron más de un 20% en el primer semestre del año en España, hasta alcanzar los 377 millones de euros.